miércoles, 11 de febrero de 2015

No vivir


Ikinai (en hiragana se escribe いきない) fue dirigida por Hiroshi Shimizu, asistente de Takeshi Kitano, y es protagonizada por Dankan, un actor que figura en muchas cintas de Kitano. Es una película hermosa, con algunos errores espléndidos y otros perdonables. La vi durante una madrugada, no recuerdo si en el canal I-Sat o en Chilevisión.

Comienza con una noticia publicada en distintos diarios: en la carretera hacia Okinawa hay una curva mal construida por la cual se han desbarrancado dos buses llenos de pasajeros. Debido a esta negligencia, el gobierno determinó pagar una indemnización altísima a los parientes de los fallecidos. Finalizada la noticia, aparece en pantalla un kanji que en los subtítulos es traducido como no vivir. Enseguida vemos a un hombre acomodado en un escritorio, un Dankan vestido con un traje oscuro con las mangas demasiado largas. Le cuenta a una mujer sus planes de organizar un tour que se llamará Atardecer en Okinawa. Va a ser, le explica, un tour de suicidas, para así cobrar la póliza de seguro y, no se sabe cómo -eso se pregunta el espectador-, recluta a otros nueve hombres deseosos de morir para arreglar sus deudas. Una mañana, todos los suicidas se reúnen todos en el bus, listos para partir. Antes de comenzar todo, pasan lista. Falta uno, y lo esperan hasta que, cuando ya casi parten, oyen unos golpes en la puerta. Es Mitsuki, la sobrina del hombre a quien esperaban, el cual había muerto hace unos días. “Y como encontré el pasaje ahí, sobre su mesa de noche, y nadie lo iba a ocupar, decidí usarlo”, les explica. Los suicidas se quedan confundidos. No saben qué decirle para negarse a viajar con ella. Al final, empujados por el organizador del tour, ceden. Que una inocente muera con ellos les dará credibilidad una vez que las compañías de seguros investiguen el accidente. Es en este punto donde radica el conflicto de la película. Unos quieren dejarla vivir y abandonarla en la carretera; otros prefieren que muera. Parten su viajen como una tropa taciturna y acaban absurda e intensamente humanizados. Un pasajero compra un billete de lotería; otro pasajero decide dejar de fumar; otro se dedica a tomar fotografías como si fuera a revelarlas; otro aprende ese juego de hacer y deshacer figuras hechas con lanas. Dan paseos por hoteles, ante todo porque tienen que lograr que los demás los vean como turistas normales, y su viaje sigue. Algunos, de tanto fingir felicidad, porque fingirla es parte de su plan, comienzan a recuperar las ganas de vivir y se llenan de dudas. Entre esas inquietudes está el encanto de este film de carretera, que no se queda en eso y es también un ensayo y ejercicio de apreciación de la vida confrontada con la muerte, cruce de seriedad y comedia. “¿Sabes lo que es solamente existir?”, le pregunta uno de los personajes a otros.


Ikinai tuvo poca fortuna. Su director, Shimizu, desde este lado del planeta y de Google parece condenado al olvido. Cuando uno ingresa su nombre en el motor de búsqueda, todos los resultados apuntan a otro director de cine con el mismo nombre, mucho más famoso, un clásico que fue amigo de Ozu. Ha quedado sepultado entre la fama de otro. Es más, de su película hay unas pocas reseñas escuetas y dos o tres críticas en inglés. Quizá, me temo, no es tan buena. Quizá al revisarla me parezca blanda y plagada de errores. He intentado descargarla, pero los enlaces que he encontrado ya no funcionan. Hablo de Ikinai porque, por lo visto, nadie parece muy entusiasmado por ella. La he comentado a repetidos amigos y repetidamente me contestaron que no la vieron o no me creyeron que existiera. Con esos relatos es probable que haya modificado lo que recuerdo de la película. Tenía escenas que ya no sé si las soñé, como ciertos pasajes oníricos y, sobre todo, su banda sonora con música andina, cargada a los charangos y zampoñas. Con el tiempo se ha convertido para mí en un poema extraño. Su final no lo recuerdo en absoluto. La vi medio dormido, y ahora se parece más a un sueño. Un sueño sobre una suerte de seppuku tranquilo, ceremonial, aunque no exento de un humor que, hay que reconocerlo, recuerda a Kitano. Una poética estoica, reposada, elegíaca pero al mismo tiempo leve. Un paseo delicadamente cruel y sin embargo -sé que suena raro- sin malicia.

jueves, 1 de enero de 2015

A destiempo

Tuve la oportunidad de conocer a Gonzalo Rojas. Dio una charla en un salón de Congreso en Valparaíso y fui a verlo junto a un amigo periodista. No me agradó que hablara mucho sobre sí mismo y poco sobre literatura. Tampoco pude evitar compararlo con una rana, ni que me recordara hasta cierto punto a Sartre, otro hombre rana con quien compartía esos aires de falso soñador y sed de reivindicación, o de arribismo. Sin embargo, hubo algo más que salió mal, y no supe bien qué fue. Sus ínfulas de viejo lúbrico eran sin duda idénticas a las de su personaje lírico, era todo lo que podía esperarse de él, pero eché de menos algo. Terminada la charla, a la que asistieron senadores y diputados, lo encontramos en avenida Argentina. Iba solo, como si huyera de compañías indeseables, llevaba bajo el brazo una bolsa de dulces de La Ligua. Mi amigo poco menos que corrió emocionado a pedirle un autógrafo para su copia de Antología del aire, que llevaba en uno de esos bolsos maleta que se usaban en esos años. Posterior a los prolegómenos de mi amigo, propios de quien se presenta ante una supuesta autoridad, Rojas quiso saber el nombre de quién recibiría la dedicatoria. Mi amigo le respondió que a su nombre, Arturo Mena, y al mío. Entonces Rojas me preguntó mi nombre. Tras escucharme, y tras anotar en el libro su caligrafía tan reconocible, nos quedó mirando. Nos preguntó si escribíamos. Horror. Y Arturo, con la iniciativa ya tomada, le contó que yo lo hacía. Pasó a hacerme una publicidad exagerada, que hacía poesía, cuentos y que estaba escribiendo una novela. Pero lo peor, le dijo a Rojas, era que no me atrevía a publicar, pero debería hacerlo. “¿Cuándo cree que vamos a poder leerlo, amigo Nicolás?”, me dijo. Le contesté que no sabía, que con eso nunca se sabe, como si el asunto no tuviera ninguna relación con mi voluntad. No mentía, así pensaba entonces. “Si quiere puede enviarme algo suyo, por correo”, dijo, creo que con sinceridad, interesado. La oferta era halagadora, pero desde mi timidez la vi amenazante. Me puse, supongo, pálido al escucharlo. Dije que aún no estaban terminados. Era, y lo sabía, una justificación mala. “¿Y cuándo lo van a estar?”, quiso saber. “En por lo menos diez años más”, contesté, muy serio. En su cara vi cómo comprendió lo que, no sé si con intención, quise decir o insinuar, algo que traducido brutalmente sería como un después que usted se muera. “Ah”, masculló, pensativo. Intenté arreglar el asunto añadiendo que haría lo posible por terminar los textos luego, que mi problema era la proliferación de textos a medio acabar (cosa ni tan falsa, a estas alturas), que trato de tomarme mi tiempo pero... “Sí”, me interrumpió, y en lo último me dio la razón, “Tiene que hacer eso. Tomarse su tiempo, sí”. Apoyó su mentón casi sobre su cuello, la cabeza un poco inclinada en un gesto bastante nostálgico y me dijo que estaba bien, que siguiera en lo mío. Nos dio la mano y comentó que debía irse. Lo miramos retirarse y no recuerdo qué pensé entonces. En estos años mi impresión de Gonzalo Rojas, años después de su muerte, ha cambiado. Se ha recompuesto, en especial después de leer Esquizo, otra antología suya donde aparecen, para mí, nuevos aspectos de su trabajo. Lo veo hoy, entre los poetas chilenos, como el más melodioso, acaso el que mejor respira. Quizá en nuestro encuentro debí ser dócil, asumir el rol de un fan o un aprendiz, en tal caso podría haber obtenido algo. Pero si lo pienso bien, me parece que su actitud en la charla alentó en mí esa postura a la defensiva. He sentido muchas veces ese desagrado, también por Parra y sobre todo por Neruda, ante artistas cuya carrera parece haber deformado hasta el punto de apuntar a convertirse en aquellos graciosos premiados que saludan y divierten a las autoridades de turno. Si todo aquello sucediera ahora, desde luego, sería menos desafortunado. Tal vez al fondo de toda esta anécdota debería encontrar una lección o alguna figura retórica, o un arrepentimiento solemne. Sin embargo, no encuentro nada de eso. Ciertamente Rojas fue amable conmigo y mi respuesta tuvo mucho de mezquino. Aun así me niego a convertirla en material para una disquisición sobre lo que pudo ser y no fue, menos una sobre su contraste con lo que soy ahora. Acepto la realidad con toda su turbación.

domingo, 14 de diciembre de 2014

Sacar la basura: apuntes sobre la música de la transición




1. En los noventas hubo una suerte de generación de bandas post-dictadura. La mayoría sonaba en la radio Rock & Pop, muchas fueron publicadas por la EMI. Cuando niño, entre los nueve y los doce años, me gustaban algunas de sus canciones. Ahora son un bochorno, sospecho, como en las otras generaciones no hubo. Todavía no terminamos de dimensionar lo que fue esa época. A mí me confunde, francamente. Los siguientes serán, a decir verdad, unos apuntes de opinología. Otros podrán hacer un análisis mejor y menos afectado.

2. "Seguir caminando Paseo Ahumada. Se acerca ese vato de fea mirada. Le dije pato malo, tu cara no me asusta, tu tajo feo no me gusta, chigüá chigüá loco". Es un pasaje de la canción Corazón de sandía, de Los Tetas. Ellos vislumbraron el Paseo Ahumada como un lugar marginal, de patos malos. Seguro imaginaban un callejón como los del Bronx antiguo, con vapores subiendo desde las alcantarillas y vagabundos quemando basura en un tambor metálico para calentarse las manos. Debe ser, por paliza, una de las letras más ridículas de nuestra música.

3. A Antonio Skármeta una vez le preguntaron por los poetas jóvenes, por cuáles le interesaban. Esbozó una de sus sonrisas y reconoció no conocerlos bien. “Pero el mejor de los que he leído es _____”, dijo. No recuerdo el nombre que pronunció, pero se refería al letrista y vocalista de Los Tetas, quien también ha publicado poesía. Se parece a la ocasión, más reciente, en que le preguntaron lo mismo a Isabel Allende. Ella destacó a la cantante Francisca Valenzuela.

4. En esos años el consenso dictaba que el mayor poeta chileno era Nicanor Parra. No es un dato menor. Los Chancho en Piedra se hicieron conocidos musicalizando un poema suyo. Su hija, Colombina Parra, era la voz principal de Los Ex.

5. Pienso en algunas líneas de canciones de Los Ex: "Sacar, sacar la basura"; "Limpiar el baño con cloro"; "Y me contó que por allí vendían drogas". Al parecer, para Los Ex era una indignidad hacer el aseo. Y las drogas (nótese que las llaman drogas, tal como les diría una abuela preocupada, sin distinguir los efectos que cada una provoque) eran un peligro monstruoso: sin saberlo, podías asesinar a alguien y terminar preso. Nicanor Parra, si acaso escuchó la canción antes de que la grabaran, pudo decirle algo. Quizá desde su burbuja no percibía nada.

6. Como queda claro, abundaban en esos años las ganas de querer ser marginal, y no obstante se lograba todo lo contrario. No conozco otras bandas tan hijas de su tiempo en el mal sentido. Sin embargo, en este caso, sería injusto culpar a estos músicos. Mal que mal, uno se debe a su tiempo. En buena parte se les puede considerar víctimas. De la dictadura, claro está. Casi toda la cultura, y muy en especial la musical, se mantuvo secuestrada por veinte años. En ese desierto se criaron.

7. Incluso el pop de los ochentas, germinado bajo dictadura, fue más fiel a su tiempo. Miraban hacia Pet Shop Boys, hacia The Cure, hacia The Police, hacia Soda Stereo (es decir, a The Cure mezclado con The Police). Miraban hacia The Clash. En cambio en los noventas acá ni siquiera hubo bandas grunge. La primera de ese estilo de la cual me enteré apareció alrededor del 2002; casi ya era una banda retro.
Dentro de ese mainstream de la época, las bandas que cumplieron, en su discurso al menos, un papel digno fueron Los Panteras Negras, Tiro de Gracia, Los Miserables, Los Santos Dumont. Seguro me faltan varias y, claro, cada caso es discutible.

8. Otro asunto intrigante de esos años fue la aparición, por primera vez en estos lados, de bandas de reggae, funk y soul. ¿Por qué no antes? ¿Y por qué esos estilos? No creo que la dictadura los haya restringido. Al contrario, siempre fue favorable a lo extranjerizante. Son, justamente, ritmos cuyo esplendor se dio a comienzos de los setentas. De cualquier modo, no hay que subestimar la estupidez militar. Tristemente, acá gira todo en torno a lo mismo.
 
 9. Los Tres y La Ley fueron las bandas más populares de la época. En La Ley veo casi una continuación de las bandas de los ochenta, tal vez algo actualizada. Los Tres, en cambio, hicieron algo distinto. Fueron originales y, en muchos aspectos, tienen -diré una frase manida- ganado su lugar en la historia. Pero ahora esa misma historia les está pasando por encima. Publicaron hace unos meses un single llamado Hey hey hey, un tema corriente, y con esto quiero decir que es como otros que ha hecho Álvaro Henríquez, considerando el amor como una cosa horrible y fantaseando con matar a la amada. Todo eso ya lo hizo en otras canciones, pero entonces recibió aplausos. La sensibilidad era otra. Ahora, al contrario, la opinión pública destruyó esa canción y, en particular, detestó su videoclip, hecho con escenas en torno a un femicidio que quisieron hacer ver como un asunto gracioso.

10. Como ya conté, me cuesta sacar conclusiones sobre esos años. La situación fue rara: el problema tiene que ver con la dictadura, pero no es la dictadura en sí, sino el trauma que dejó. Muchos se vieron perdidos. Por un lado se les abría, como una promesa, el capitalismo junto a una supuesta democracia. Y por otro lado la mayoría no tenía una verdadera formación. La tradición, los estudios, todo eso había sido arrasado. No era fácil ubicarse. No había una tradición para seguir ni para estar en contra, y extrañamente, como es raro que suceda, había un auge económico para los empresarios y una auténtica urgencia de expresarse. En ese ámbito muchos se vieron de golpe ante las cámaras y micrófonos sin tener muy claro qué decir, ni quiénes eran.

San Fernando Street View



 Al comienzo parece torpe, carente de gracia. Después, cuando uno se acostumbra a usar el servicio en línea Google Street View, el asunto se acerca a lo que sería un paseo auténtico, por más que todos sus elementos permanezcan estáticos y moleste que sea siempre de día. Consiste en panorámicas de 360 grados de las calles, recreaciones de ciudades enteras, continuas, navegables. Tiene sus ventajas, por cierto: puede uno demorarse lo que quiera en cualquier detalle, sin ser considerado un posible ladrón o degenerado. Se asemeja a la fantasía –y pesadilla– de detener el tiempo.

Elijo ver San Fernando, por motivos personales mezclados con nostalgia. Viví en muchas partes, pero ingreso la dirección de esa casa sin dudarlo. Me sorprende que esté disponible. Llevo diez años sin recorrer esos lugares. Visito la casa de F, que sigue más o menos igual, y la que perteneció a mis padres, en calle Las Malvas, ahora con un segundo piso, distinto color, sin plantas y, lo que me parece peor, con una animita. Las observo preguntándome cómo serán quienes las ocupan hoy, y me da un pequeño vértigo. Son arrendatarios, supongo, por lo descuidado que está todo.

Paso por la plaza donde solía jugar. Por algún motivo, me impresiona reencontrar –idéntica, lo único imperturbable del lugar– una roca grande.

Lo que sigue podría considerarse una deriva situacionista. Abro otras pestañas del navegador y hago otros recorridos. Busco imágenes y situaciones que de otro modo no podría observar. Me detengo en fachadas, en gente, en graffitis, en árboles y plantas y a veces me olvido hacia donde voy, paso una y otra vez por los mismos sitios. Se vuelve demasiado errático, aunque sea imposible perderse.

Leí hace un tiempo que San Fernando es la ciudad con mejor distribución de ingresos del país. Me hizo imaginar que encontraría todo distinto. También me hace preguntarme si una sociedad más igualitaria sería algo que pueda observarse en las calles, en las casas, que eventualmente no serían tan distintas. Cualquier teoría al respecto sería casi risible, por lo aventurada, la verdad.

Primera imagen atrayente: un carrero fumando sobre un montículo de pallets rojos y azules, afuera de un supermercado Acuenta, en una esquina de la calle Quechereguas.

Paso por una casa en construcción en la calle Curalí. Un hombre está sobre las vigas de lo que será el techo y otro sube unas escaleras.

Veo un perro muerto en una esquina, un cocker. Veo una mujer vieja con buzo apostando en un tragamonedas en una tienda, en el mismo punto donde hubo máquinas de videojuegos.

Paso por la iglesia frente a la Plaza de Armas, destruida por el terremoto del 2010, clausurada, cubierta con láminas de OSB. Tiene dos hermosas y enormes trizaduras que parecen verdaderos cortes y que a Gordon Matta Clark, creo, le encantarían.

Miro a mujeres que no conoceré. Alguna podría ser F, pienso. Y lo pienso de nuevo, esta vez en serio. Cuesta encontrar imágenes. En este paisaje donde nada transcurre todos sus habitantes tienen un aire a los de The Truman Show. O a los de un videojuego, un Grand Theft Auto, por ejemplo. Parecen extras, confinados a pequeñas misiones domésticas como cargar bolsas de supermercados, esperar un bus o barrer una vereda. Casi nunca lucen dubitativos u ociosos. ¿Debería esperar algo más, cambios, acciones raras? Es lo que suelen esperar muchas personas en Google Street View, lo freak, lo siniestro. En lugar de eso, me descubro gratamente aburrido. Hay una suerte de lección en ver las cosas desde esta perspectiva. Algo, a su manera, relajante. Vivir sería esto, pienso, ver pasar cosas, gente, caminos, más cosas, nubes. Y verlos volver. Lo fugaz y lo inmutable es lo mismo.

Y está bien. Pienso en Gospelsong, un poema de Riekus Waskowsky: “Cada segundo el mundo cambia / la gente vive y la gente muere / como si nada y tal vez no sea nada / más que algo de movimiento / que no hace cambiar al mundo”.

En unas canchas de tierra se ven unos brillos, unos pequeños destellos. Parece un bug, un error de programación. Los reviso desde distintas perspectivas pero persisten, aparecen en distintos puntos. Tardo en darme cuenta que son reflejos de vidrios. Son esquirlas de las botellas de quienes se han emborrachado allí durante años, décadas.

De repente llego a un barrio que ignoraba y me sorprende, un mini Ñuñoa o Providencia que quiebra el orden establecido. Pensándolo bien, quizá sí se percibe en las calles algo de esa supuesta igualdad económica. Las casas en su mayoría son medianas, o DFL2 que les dicen, y las calles están limpias, más que las de mi actual ciudad.

En otra pestaña del navegador recorro la calle Centenario junto a las líneas férreas. Transito por fábricas, por una molinera, por lo que parece un aserradero. Transito por cuadras donde en repetidas ocasiones aparece el mismo cartero haciendo su recorrido en bicicleta.

Miro un cartel que anuncia un combate de box y reviso la dirección del gimnasio donde se efectuará, y quiero verlo, pero termino escabulléndome. Me detengo en la decoloración de la pintura de un muro, en sus manchas de liquen. Me pierdo. No, la verdad es que me pierdo y me reencuentro de inmediato, como tras un bostezo, como cuando entre sueños se sienten sobresaltos de vértigo. La sensación es la perderme donde nadie podría, en un lugar que me ha olvidado, donde no pasé tanto tiempo, pero ese tiempo fue importante. Quisiera sentir dolor en los pies como si hubiera caminado, y no un vacío. Quisiera irme de esta ciudad virtual sin dejar de recorrerla, torcer por la calle Manuel Rodríguez y apurarme por la Panamericana hasta alcanzar el límite del mapa, un fin, un sitio eriazo o un bosque, alguna pantalla de error en el sistema, alguna embajada de ninguna parte.

Es vertiginoso decir: he vuelto. Y que no sea cierto.



(el texto figura en la antología de
crónicas Ciudad Fritanga)

martes, 9 de diciembre de 2014

El puma (a.k.a. Los lectores salvajes)

 
Bolaño era un gran entrevistado, qué duda cabe. Y entre todas sus respuestas hay una que ha tenido una particular suerte: a la consulta sobre si se consideraba un escritor bueno o malo o de cualquier tipo, solía afirmar que su orgullo era ser, primero, lector.

Es una respuesta afortunada, al punto que la he oído repetida muchas veces de boca de escritores jóvenes y de otros no tanto. Les agrada por su amplitud, imagino. Cae bien, es democrática. Incluso se podría, en algún grado, tildar de demagógica, dado que cualquiera puede identificarse con la imagen de un lector: basta con saber leer.

Lo que me cuestiono es si quienes la copian dimensionan lo que, supongo, significa ser un lector para Bolaño.

A primera vista parece un simple ingenio, una arbitrariedad simpática, pero ser lector, deduzco, le parece una categoría superior a la de escritor. Lo vislumbro a partir del fervor de Bolaño por Borges, un fervor sin críticas, de fan. Podríamos, de hecho, suponer que su respuesta tiene origen en los versos que abren el poema Un lector de Borges: “Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído”. Es más, ya había una idea afín en el prólogo del primer libro de poemas de Borges, Fervor de Buenos Aires, fechado en 1923: “Si en las siguientes páginas hay algún verso logrado, perdóneme el lector el atrevimiento de haberlo compuesto yo antes que él. Todos somos unos; poco difieren nuestras naderías, y tanto influyen en las almas las circunstancias, que es casi una casualidad esto de ser tu el leyente y yo el escribidor -el desconfiado y fervoroso escribidor- de mis versos”.

Quizá, dada la fecha de la cita, no sea tan delirante imaginar que la frase provenga de uno de los maestros de Borges, Macedonio Fernández. No sería extraño, aunque, es claro, ya implica un exceso de especulación.

Alguien más, con justicia, podría precisar que toda esa tradición de la preponderancia del lector se remonta a Cervantes. Sin embargo, en el llamado príncipe de los ingenios tiene ciertos rasgos negativos, enfermizos. El quijotismo como lo entiende Cervantes no es heroico, como a algunos, en particular a los españoles, les gusta pensar, sino que es meramente evasivo. No hay heroísmo en la exaltación del lector que hace Cervantes. Al contrario, hay burla: su personaje más famoso muere doblegado por la realidad y, para colmo, en su pueblo natal; no hay ninguna aventura en eso. Y con él mueren todas las ensoñaciones de caballerías. Es realista al recordarnos que quien se excede en sus ilusiones terminará decepcionado.

Es Borges quien le confiere al lector un estatus casi heroico, de perseguidor de alusiones, detectivesco, poliédrico. Es más, ser un lector en Borges pareciera ser una función tanto más activa que la de un simple escritor, entendiendo que éste simplemente cuenta una experiencia y a ella se abandona. Se sube el nivel de exigencia, no cualquiera es un lector, menos –quizá- un escritor. Y también es un nuevo modelo: lector es quien no deja de aprender. Es el tópico del amateur vérsus el profesional. Y es Borges, también, quien realza el valor de la figura del detective, quien lo ve como lo que es, un lector. Es más, antiguamente los detectives literarios (Dupin, Holmes) eran aristócratas venidos a menos, quienes si bien recibían dinero lo hacían dentro de una lógica propia de quien apuesta, no de quien trabaja. Es sólo posteriormente que se profesionalizan.

Estos lectores son, por lo tanto, mientras el dinero no los domestique, detectives salvajes.

Y los detectives salvajes de Bolaño serían a su vez, por ende, lectores salvajes.

No es una concatenación tan alucinada, me parece.

A propósito de salvajismo, quiero presentar un fragmento correspondiente al libro Diccionario jázaro, de un novelista de estirpe borgeana, el serbio Milorad Pavić:

“Imagínese que dos hombres tengan cogido a un puma con dos cuerdas. Si quieren acercarse uno al otro, el puma atacará, pues los lazos se aflojan: sólo si los dos tiran al mismo tiempo, el puma quedará a la misma distancia de uno y de otro. Este es el motivo por el que el que lee y el que escribe difícilmente se acercan: entre los dos, capturado, está el pensamiento común, atado con cuerdas que tiran en direcciones opuestas. Si ahora preguntásemos al puma, es decir, al pensamiento, cómo ve a estos dos hombres, podría decir que los seres comestibles están tirando con las cuerdas de algo que ellos no pueden comer”.

Hermosa metáfora la de Pavić, que sin embargo nos presenta el clásico modelo de la dicotomía lector-escritor. Es justamente esta dicotomía la que hay que asumir como falsa, como suelen ser la mayoría de las dicotomías, basadas en opuestos que son solamente apariencias, delirios causados por ejercicios de semántica. Estamos, aunque no lo parezca tanto, frente a un auténtico atentado contra el significado de una palabra, un cambio, tal vez, de paradigma. Sin duda, esto ya sucedió, o ya está sucediendo. No es una intuición, lo veo en el discurso de muchos, tal como mencioné al comienzo. Sólo faltaría, al parecer, asumirlo. Sabemos que la suerte una palabra siempre dependerá de sus distintos contextos, de qué tan frecuentemente se use; y por supuesto, si hay que elegir un término de la dicotomía —y da lo mismo si, como es efectivo, la lectura y la escritura son actividades que se retroalimentan—, lo más cortés es definirse como lector. Pero aun así, eso no es lo importante. Lo que importa es que no hay que concentrarse ni en quien lee ni en quien escribe, ni en los hombres ni en sus cuerdas. Pensemos en el puma, mejor, en lo salvaje.

lunes, 10 de noviembre de 2014

De afuera, de las orillas. Dos ensayos fotográficos de Raúl Goycoolea



1.
No sé dónde vi esa imagen. Figura la poeta Ximena Rivera observando, a través de un ventanal luminoso y con rejas en lugar de vidrios, las calles del sector de La Matriz, cerca de la plaza Echaurren, el barrio chino de Valparaíso. Esa luz en la ventana, junto a la poeta atenta como una vigilante o una espía, es algo significativo.

A Goycoolea no lo conocía por su nombre. Sólo conocía esa foto y ahora su obra me parece un hallazgo. Llevo años buscando extraer algún concepto o un dibujo mental sobre Valparaíso, esa ciudad que según Sarmiento es “una belleza y una monstruosidad”. En esos devaneos, la mirada de Goycoolea quizá sea crucial, sobre todo por sus ensayos El último viaje de Ximena Rivera y La Isla.


2.
La Isla es una población del extrarradio porteño. Ubicada en una especie de meseta, tiene una sola entrada y, por ende, una sola salida. Para entrar, supuestamente, debe uno conocer a gente de allí. Yo pude conocerla por casualidad, por motivos difíciles de explicar, junto a un amigo en un jeep de la PDI. Lo conducía un detective joven que parecía aburrido. Subimos el cerro El Litre a través del antiguo camino a Santiago y entramos. El detective nos dijo que el lugar era peligroso y no tenía –nunca tuvo– agua ni luz. Detuvo el jeep, me pidió que no me alejara y se fue junto a mi amigo a golpear las puertas de algunas casas, donde hizo preguntas. No me atreví a salir. Únicamente abrí la ventana para fumar: del barrio sólo había oído noticias de crónica roja. Los vi entrar a otro par de casas y, sin conseguir nada nos retiramos. Esa tarde descubrí el escaso brillo del trabajo de detective. También descubrí, en esos caminos de tierra, en esas casas armadas con materiales ligeros y con tantos animales alrededor, el significado cabal del término población callampa. Todo allí era, de algún modo, nuevo. Esas instalaciones tenían algo de grupo nómada, de ajeno a la ciudad y al campo. Era otro orden. Como las callampas que surgen tras un temporal, La Isla era una especie de floración. Tengo entendido que ahora sus pobladores sí disponen de los servicios básicos, pero las fotos de Goycoolea dan cuenta de que su realidad casi no ha cambiado.


La Isla, el ensayo fotográfico, reúne instantáneas de esa población, pero también del resto de Valparaíso. Anoto las palabras “del resto de Valparaíso” y me doy cuenta que ese es justamente uno de sus hilos principales. Goycoolea trabaja con lo que queda fuera del circuito turístico y artístico. Se puede inferir que al denominar una muestra de fotos de toda la ciudad con el nombre de una de sus poblaciones pobres busca que ésta población tiña al resto. Eso consigue: las fotos tomadas en el centro quedan, de algún modo, bañadas por esa luz de la periferia. El suyo, va quedando claro, es un pensamiento del afuera, o quizá de los que sobran. Sus otras colecciones dan cuenta de ello: son seguimientos a realidades más lejanas, como la minería informal, las protestas estudiantiles o el mundo popular limeño. Parece muy metódico, y quizá eso venga de su condición de fotoreportero profesional. Se enfoca en un grupo de gente o un lugar, y los circunda, los corteja. Gente que está en las orillas, casi en las afueras, porque así lo quiso o porque, como es general, no tuvo otra oportunidad. Gente que no viaja, fija en sus lugares, y que a menudo parece llevar a cabo cierto aprendizaje del dolor. Si alguien viaja, ese es Goycoolea, y tal vez el espectador.


3.
Ximena Rivera, la poeta retratada ante la ventana, falleció el año pasado. Su obra es importante, sobresaliente, y pronto tendrá los lectores que merece. Ella y Raúl Goycoolea se hicieron amigos. Parece un vínculo un poco anómalo. De un lado está el fotoreportero que en su blog anota que la realidad “a veces se corta rectangularmente con un machete y otras con un bisturí” y del otro la poeta que escribió: “Y descubre en el delicado viaje / que la tensión de la imaginación/ termina por ser lo más bello/ y por ser el reflejo del conflicto”. Sin embargo, trabajan juntos. Ella lo deja acercarse a su intimidad, a sus pertenencias, a un hombre postrado que la acompaña, quizá su marido, el Pepe de sus poemas. Lo deja retratarla mientras fuma, mientras escribe o lee sus manuscritos. Pensándolo mejor, no es tan raro ese vínculo: ya Simónides de Ceos afirmaba que la pintura es poesía silenciosa, mientras que la poesía es pintura que habla. Las palabras son un cuadro de las cosas, decía. Para este caso basta con cambiar la palabra pintura por fotografía.



Como en La Isla, contemplamos un paisaje melancólico y precario. Pasa uno por las fotos como quien recorre la casa de la poeta y es inevitable reparar en que sus pertenencias son baratas y viejas y, no obstante, hay gusto en cómo las utiliza para decorar. Hay nobleza, hay un estilo que es hermanable con sus versos. Y esa casa, para nosotros sus lectores, pasa a ser el escenario de muchos de sus poemas. Poco a poco se van trenzando esos ámbitos, tal como decía Simónides, las palabras y las cosas, las obras de Goycoolea y de Rivera. Esto se intensifica en una de las fotos que más me llama la atención, una toma del carnet de identidad de Rivera. Otra vez un juego de contextos. Toda foto, antes que una obra de arte, suele ser considerada un documento, un testimonio; y fotografiar un documento es, pues, una puesta en escena compleja cuyo efecto es tremendo, aún más cuando remite a otra puesta en escena, la obra de Ximena Rivera, una poeta de imágenes oníricas, casi etéreas, y de disquisiciones próximas a lo filosófico. Lo mismo sucede con la foto de un espejo que no refleja nada. Es el espejo de la poeta que decía “Me creo en otro país, por lo tanto estoy en otro país”.



4.
Una vez vi Ya no basta con rezar de Aldo Francia en un festival de cine porteño. Los espectadores, era cosa de verlos, quedaron extasiados con las tomas de la película, siempre dispuestas a hermosear la ciudad. Al terminar el film, el aplauso fue el más estruendoso que haya escuchado. Oí voceos y silbidos y, en medio del aplauso, tuve la impresión de que no aplaudían a Francia (claro, llevaba más de diez años muerto, aunque eso lo ignoraba). Tampoco los exaltaba la película, por entrañable que fuera. No: se aplaudían a sí mismos, aplaudían a Valparaíso. Puede que exagere, pero no miento. Los porteños aman esa iconografía, donde Aldo Francia y Sergio Larraín son el canon. Lamentablemente, sospecho, lo directo y lo melancólico, la valentía y la delicadeza de un observador como Goycoolea no provocaría una reacción así. No fotografía ascensores ni trolebuses; es antiturístico, aunque no deja de ser, en ocasiones, un turista, algo así como un turista idealizado, platónico.


En su blog, Goycoolea se refiere a la fotografía como “la verdad detrás de la mentira”. Es importante consignarlo, porque habla de una desconfianza en la realidad, o como sea que se denomine aquello que captura con su cámara. Aunque no es la única mentira que alude. Está la cadena sin fin de iniquidades que vivimos la mayoría, los abusos terribles que sufren otros, ante los cuales la fotografía puede ser un arma de denuncia. Parece claramente consciente de su labor, de ser un retratista de la soledad o, más exactamente, del desamparo de esas fronteras que, ahora lo sabemos, son móviles, y por eso las busca también en otras latitudes. Pero no se queda en eso, por suerte. Está lejos de buscar fealdad por fealdad, como otros. Su labor tiene un lado atroz, muestra rastros de atrocidades, y a la vez es bella, con un trabajo de luces casi virtuoso.






(publicado en Bifurcaciones.
Imagenes del blog de R. Goycoolea)

jueves, 30 de octubre de 2014

Un bostezo es un grito




Vamos en un bus por la ruta 68, de vuelta a Santiago. Karina dormita y yo miro por la ventana cuando de pronto bostezo y, durante el bostezo, caigo en un ligero trance. Atravesamos un campo de parrones, un paisaje repetitivo, lleno de postes diminutos alineados, todos idénticos. Tanta es la monotonía del lugar y de la visión de los parrones, que se me antoja como mirar una escena lentísima, o más bien entrecortada, en la que nada avanza. La situación es muy similar a la descrita en la paradoja de Zenón. Todas esas repeticiones son como fotogramas idénticos que hacen que me resulte imposible distinguir una escena de otra; son lo mismo, son incontables. Y como en un film, da la sensación de que algo o alguien presionó el botón de pausa. Desde luego, el bus sigue avanzando y saldré pronto de este trance, pero así y todo siento que voy adentrándome, a la velocidad de la flecha de Zenón, a uno de esos espacios a los que nadie aspira a llegar, alguno de esos agujeros negros que hay entre un punto y otro, entre un número y otro, entre el 1 y el 2, entre el 0,1 y el 0,2, entre el 0,01 y 0,002, y así sucesivamente.

Me vuelvo cada vez más minúsculo, pienso. Carezco de tiempo y casi carezco de espacio, ante esta imagen reiterada en la cual me hundo con agrado. Es bello este avanzar sin avanzar, en el que siento como si recordara todo, precisamente porque nada me sugiere recuerdos, y eso a su vez me sugiere una extraña sensación de imaginaria totalidad, de memoria, de familiaridad. Al contrario de Zenón, pienso que nadie es tan sedentario, que nos movemos siempre, irremediablemente, pero que también hay veces, como esta, en que uno consigue olvidarse del resto del mundo y del movimiento y se concentra exclusivamente en meditar, en echar raíces en esto que no sé llamar ni clasificar. Gracias a este auténtico mantra de los parrones de vid, a este viaje en miniatura, consigo, y por motivos puramente casuales, realizar el antiguo deseo de matar el tiempo.

Pero el trance alcanza su punto álgido, y se corta. Se acaba el paisaje de las vides. Vuelven los cerros, valles, casas, árboles, y los letreros publicitarios. Vuelve el ruido del mundo. ¿Estoy dentro o fuera?, me digo. Miro a Karina, que sigue con los ojos cerrados y no se ha movido ni un centímetro. Parece embalsamada, lo mismo que el resto de las personas en el bus y me pregunto cuánto ha pasado: ¿1 minuto?, ¿30 segundos? ¿15 segundos?, ¿7,5?, ¿3,25?, ¿1,625?, ¿0,8125?

Se suele huir del tiempo haciendo algo contraproducente: moverse. Pero, ¿se huye realmente? El pensamiento también está lleno de intersticios así, que son, cuando uno los imagina –es decir, los ve–, casi monstruosos. No es raro esto. Al contrario, debe ser semejante a lo que suele ser llamado satori, por más que sea uno muy propio y distorsionado.

“La reductio ad absurdum es una de mis bebidas favoritas, terció alguna vez Fernando Pessoa en su Libro del desasosiego. El portugués, recordemos, falleció de una fuerte enfermedad del hígado.

Un bostezo es un grito. Es un respiro, también. Hay teorías, tengo entendido, que sugieren que su función se asemeja a la de un radiador. Existieron cosmogonías que sugerían que el mundo surgió a partir de un bostezo, el bostezo de un Dios o de un universo. Habría que imaginar cómo se agitan tantas cosas con un bostezo, esporas, gérmenes, aire y tantas cosas mínimas pero vitales. Con eso se quiso decir que el mundo se originó desde la dispersión. Y la metáfora es totalmente sensata, ya que tras un bostezo (el lugar o no lugar clásico del aburrimiento) uno se rehace, se forma una tensión entre quienes bostezamos, que buscamos en las cosas una suerte de camino de vuelta, un asidero, y el mundo, que parece esquivarnos y, otras veces, parece que se nos impone de forma brusca. Algo se muere, algo nace de nuevo.



(imagen: Chema Madoz, Sin título)